Comienzo de uno de los tantos fics que he escrito en compañía

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Comienzo de uno de los tantos fics que he escrito en compañía

Mensaje por MinaChanx3 el Dom Abr 19, 2015 8:33 pm

Aquí el inicio de un fic que hice el año pasado con mi amiga. La idea nació de ambas, por supuesto, y la escribimos en conjunto. Básicamente, los protagonistas de esta historia inventada son Altaïr (Assassin's Creed) y Tashigi (One Piece), acompañados de algunos personajes secundarios de ambos fandoms (porque sí, es un crossover de los dos). Como somos unas locas que les gusta emparejar nuestros personajes favoritos al random, pero teniendo en cuenta sus personalidades, probamos un día la química de estos dos y nos encantó XD *se siente ñoña* Y ya, si lo leen, espero que les guste.
Oh, y disculpen las fallas de ortografía por si las hay ;o; Y perdonen si los personajes están muy OOC :c


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Habían transcurrido ya unos once largos años desde la última vez que pisó las tierras de su caluroso hogar: el poderoso reino de Masyaf, gobernador de los desiertos.

Masyaf era regido por sus tíos Umar y la difunta Maud Ibn-La’Ahad en el desértico paraíso, donde Tashigi nació y vivió once años en el palacio junto a su –no– tan querido primo Altaïr.

Altaïr Ibn-La’Ahad, el príncipe heredero al trono.

La joven de cabellera azabache de pronto lo recordó, no sabiendo si sonreír o fruncir el entrecejo por aquellas memorias que compartieron juntos en su infancia. Dado a que era el príncipe heredero e hijo único, todos en el palacio lo mimaban más de la cuenta, dando como resultado a que su primo creciera siendo un engreído ante los ojos miopes de la muchacha.

Recordó en los problemas que se metía junto con ella (muy para su pesar), terminando siendo regañados por su propio y difunto padre, el hermano de su tío Umar, y el mismísimo rey en numerosas ocasiones. La joven recordó la manía que tenía de atrapar su cola de gato o cuando se acercaba a ella únicamente para morderle –no con tanta gentileza– sus sensibles orejitas felinas, causando que la chica mitad-gato bufara y gritara a alto pulmón que la dejara en paz.

Eso nunca pasó.

Y sí, se podría decir que su adorado primo y ella no se llevaban tan de maravilla que digamos…

“Solo espero que con veinte años haya madurado algo” resopló la joven.

Siguió cabalgando en silencio sobre su yegua entonces, acompañada de su tío materno. Logan era su nombre, pero la pelinegra gustaba llamarle “Smoker” por su evidente tendencia a fumar tabaco: sus dos pipas aprisionadas entre sus labios eran prueba de ello. Dicho hombre, corpulento y de mirada penetrante, se trataba del ex-general de la milicia de Masyaf. Al ser un experto en combate, y dada a su peculiar habilidad de convertir su cuerpo en humo, a su eficacia y su mentalidad justiciera, su sobrina le guardaba gran respeto y hasta admiración.

Sin embargo, todo aquel poder que tenía era limitado solo por un simple elemento: el agua.

“Aún no puedo creer que algo tan común como aquello sea un arma mortal para los Usuarios de las Frutas del Diablo…” se decía con repetición la pelinegra.

Las Frutas del Diablo tenían la apariencia como cualquier fruta normal, lo único que las diferenciaba de los frutos comunes y corrientes eran los numerosos espirales sobre sus coloridas cáscaras, siendo fáciles de confundirlas con las anteriores. Sin embargo, a comparación del dulce y placentero sabor de las frutas comunes, las Frutas del Diablo eran amargas, ácidas y, en general, no aptas para comerlas. Y, dependiendo del tipo de fruta que fuera, entonces el cuerpo del consumidor comenzaba a tener una peculiar habilidad, con la única condición que nunca más serías capaz de nadar. Ahora bien, debido a que eran tan difíciles de encontrar, y de su escasa información con respecto a sus orígenes, nadie sabía de dónde provenían este tipo de frutos malditos. Corrían rumores de que estas frutas crecían en las profundidades del mar y que estaban maldecidas por el mismísimo diablo.

—Tonterías —murmuró para sí, echando a rodar sus ojos marrones.

Muy difícil de creer, obviamente.

Fuera como fuere, Smoker también había comido una de estas frutas, por lo que le convirtió en un “hombre de humo”. El general podía disolverse o materializarse en humo blanco, siendo inmune a proyectiles (pues estos pasaban a través de él), haciéndole casi invencible.

Casi.

No obstante, muy aparte del agua, existían ciertos métodos para combatir Usuarios, o hasta llegar a anular sus poderes temporalmente. La cuestión era saber cómo obtenerlos y cómo utilizarlos…

—Ya casi estamos por llegar, Tashigi —anunció Smoker.

Y escuchando su profunda voz, la joven de nombre Tashigi Koizumi se sobresaltó, girando su cabeza en dirección a su tío, casi soltando las riendas y caerse de su yegua. Apresurada, la joven de ahora veintiún años asintió, acomodando sus gafas rojizas sobre el puente de su nariz para ocultar el sonrojo que ahora adornaba sus pálidas mejillas.

—Parece que la torpeza no se te quitará ni con el entrenamiento que te he dado en todos estos años —escuchó decir a su tío, suspirando.

Tashigi se le quedó mirando e infló adorablemente sus mejillas, murmurando un suave “no soy torpe, Smoker-san” antes de reacomodarse sobre su montura.
Pero en el fondo sabía que era cierto. La joven Koizumi, desde su nacimiento, tropezaba con sus propios pies, dejaba caer las cosas al sujetarlas con sus manos y pasaba horas buscando y rebuscando sus gafas cuando éstas salían volando de su rostro. La pobre niña –en ese entonces– palpaba en suelo con las manos para poder encontrarlas.

Sin mencionar que cierto primito suyo las escondía para causarle molestias.

“Estúpido mocoso”

¡Qué suerte que se había ido a los bosques a entrenar con su tío! Tashigi se preguntaba qué habría sido de ella si hubiese permanecido en el reino. De seguro su vida habría sido un infierno.

No obstante, su regocijo ahora llegaba a un triste final, pues sabía qué le esperaba. Ella perduró un riguroso y difícil entrenamiento con Smoker para una sola causa: unirse a la milicia de Masyaf y servir al rey. Claro, al menos esa era su meta hasta antes de que le dieran una no muy linda noticia. Digamos que no le hacía mucha gracia la idea…

Nada de eso.

Al cabo de unos minutos, la mujer con rasgos felinos y su tío finalmente salieron del paisaje montañoso y boscoso, adentrándose ahora a los calurosos desiertos de Masyaf.

Oh, aquel infernal calor.

Ahora llegó el turno de Tashigi para suspirar, cubriéndose la cabeza con ayuda de la capucha de su túnica, la cual presentaba un par de agujeros en esta para que sus orejitas de gato pudiesen salir de ellos y no incomodarle. Acomodó la katana que estaba atada a su cintura y, sin más preámbulos, tanto su tío como ella cabalgaron hacia el hermoso oasis a la distancia, donde el gigantesco palacio podía ser apreciado.

Al momento de arribar, ambos individuos fueron alegremente bienvenidos. Tal parecía que había una especie de fiesta para celebrar el día de su llegada. La joven pelinegra se removió algo incómoda y avergonzada de su montura al no estar acostumbrada a ser el centro de atención, ni a estar rodeada de tanta gente. Miró de reojo a su tío, quien se mantenía sereno y hasta inmunizado por aquel alboroto. ¡Ni siquiera se abochornó cuando unas mujeres prácticamente le gritaban cosas muy halagadoras a su persona!

Quizá ella debía aprender a controlar más sus emociones.

Finalmente, arribaron hacia el palacio, donde el rey Umar los recibió con calidez, abrazando a su sobrina y soltándole comentarios que se había convertido en una hermosa mujer (cosa que hizo sonrojarla). No obstante, Tashigi notó rápidamente que su tío paterno no se encontraba solo, sino que, a su costado, se encontraba un hombre de alrededor cincuenta y tantos años de edad, vestido con túnicas oscuras, observando todo en silencio.

¿Quién era ese hombre? Koizumi no lo recordaba.

—¡Tashigi, Logan, permitidme que os presente! —exclamó el rey, girando ligeramente su cuerpo para dejar paso al otro hombre—En vuestra ausencia, tuve ciertos problemas con…—miró de reojo a su antiguo general de manera algo significativa, como si quisiera decirle algo en secreto—con un reino vecino, y necesité de la ayuda de un consejero.

Eso era cuanto menos extraño, pues Umar se había ganado su fama precisamente por ser un gran combatiente y un excelente estratega. Algo turbio debió de pasar para que requiriera ayuda ajena.

—Rashid ad-Din Sinan, ella es mi sobrina Tashigi y él mi mano derecha, Logan. Sin duda alguna me has oído hablar de ellos, especialmente de mi mejor general…o al menos lo era hasta que se marchó a entrenar a la pequeña.

No tan pequeña ya.

El hombre inclinó la cabeza a modo de saludo, su único ojo, pues el otro era de cristal, mirando desde el fondo de su oscura capucha a los recién llegados y clavando la vista en especial en Logan.

—Un placer conoceros en persona. Podéis llamarme Al Mualim, así es al menos como se me conoce en palacio.

—Porque, con todos mis respetos, maestro…Vuestro nombre es realmente complicado de memorizar.

Umar puso los ojos en blanco, viendo aparecer tras Logan y Tashigi a un muchacho vestido con ropajes de color oro pálido y adornos blancos, que cubría su rostro con una holgada capucha que formaba parte de una suerte de bufanda enrollada a su cuello de manera amplia.

Al Mualim apretó disimuladamente los puños ante aquella falta de respeto; de no ser por la presencia de Umar, le hubiera dado un fuerte sopapo por su insubordinación. Rashid no era sólo el consejero real, sino también el tutor de ese chiquillo arrogante que acababa de aparecer.

—Altaïr, ten más respeto, muchacho—le reprendió Umar, frunciendo el ceño después de su cansada mueca—. Deberás de aprenderlo a golpes al final.

—Oh, sí, una manera muy acertada de tratar a un príncipe—dijo mientras acomodaba la capucha sobre los hombros, revelándose de esa manera.

Entretanto, la joven giró el rostro cuando oyó una voz masculina llena de arrogancia y altanería, casi haciendo que Tashigi frunciera el entrecejo. Sin embargo, para cuando sus pupilas alargadas se posaron en la figura del recién llegado, la mandíbula de la joven casi golpeó el piso de mármol al encontrarse con la elegante figura de su…

Primo.

Más maduro, con cuerpo trabajado (Tashigi pudo notarlo aun tras esas ropas que portaba), piel canela haciendo juego con su cabellera corta y castaña y sus orbes dorados. Y alto, muy alto. Mucho más alto que su persona.

Tashigi de pronto se sintió muy bajita.

Dejando de lado la discusión, Umar se acercó a su hijo, el cual se había quedado mirando a los otros dos con una ceja alzada, deteniéndose de pronto en la mitad-gato para esbozar una disimulada y traviesa sonrisa que no auguraba nada bueno.

—Altaïr, él es Logan. Probablemente no lo recuerdes, ya que marchó hace muchos años y apenas tuviste trato con él pues se dedicaba a la guardia del reino. Y ella es tu…

—Prima—saludó él mismo, pronunciando un poco más su sonrisa—. Cuánto tiempo, juraría que has encogido más de la cuenta.

—Hijo, por favor…—murmuró el rey, llevándose una mano a la sien para masajearla—Nada de peleas entre vosotros dos por ahora, bastante tabarra dabais cuando erais críos. Oh, y ahora que recuerdo…Sobrina, me temo que tengo un encargo para ti.

Se colocó a su lado, una de sus manos posándose sobre su brazo y apretando con suavidad mientras estiraba los labios en una ligera sonrisa.

—Debido a una tradición del reino, desde ahora pasarás a formar parte de la guardia personal de la familia real…y, más concretamente, de la de tu primo.

—¿¡Q-qué!? —exclamó Altaïr, con el ceño bien fruncido—¡De eso nada, no necesito ningún tipo de guardián y…y menos un gato!

—¡Altaïr, se trata de una…!

—¿Costumbre local? ¡Oh, padre, eres el rey! ¡Cambia las dichosas leyes!

Umar se giró entonces hacia su único hijo, mirándole tan fijamente y con tanta seriedad que incluso el mismo Altaïr se puso serio de repente, casi cuadrándose ante la presencia de su padre.

—Tu tío fue mi guardián hasta el día de su muerte, Altaïr. Y mi tía fue la de mi padre. Así ha sido desde hace generaciones, no voy a cambiar una tradición real por un capricho tuyo. ¿Entendido?

El muchacho bufó con claro desagrado, mirando hacia otro lado con los brazos cruzados sobre el pecho, aunque sin añadir ni una queja más. Pero vamos, el descontento era patente por su cara de niño enfurruñado.

Tashigi rodó los ojos.

Sí, sabía que su primito no lo iba a tomar muy bien.

“Al parecer, en vez de madurar y cambiar a ser una mejor persona, ha sido todo lo contrario” suspiró Tashigi.

A la pelinegra no le sorprendió para nada que su “adorado” primito Altaïr no hubiera cambiado en absoluto.

—Siento el recibimiento—se disculpó Umar por parte de su hijo—. Parece ser que es demasiado pedir que madure.

—Eso es de frutas—farfulló Altaïr, dándose la vuelta—. Me iré a mis aposentos, necesito asimilar que ahora tengo un gato como guardián.

Mitad-gato —corrigió la chica con la mandíbula apretada, aguantándose las ganas de gritárselo—. Hay una diferencia, príncipe.

Énfasis en la palabra “príncipe”, por favor.

—¡Me da igual!

Suspirando pesadamente, se marchó del salón principal y realizó todo el largo trayecto hasta la zona donde tenía su amplia y lujosa habitación, más grande que la casa al completo de un plebeyo. Tirándose sobre la cama, cerró los ojos todavía con el ceño fruncido, maldiciendo su mala suerte. ¿Tener un guardián, él? No, gracias…sabía defenderse solito.

En especial, porque su padre se encargaba de darle cierto entrenamiento extraoficial.

Tras varias horas tumbado sin hacer prácticamente nada más que respirar para sobrevivir, cambió su prenda superior por una más cómoda, sin mangas, que dejaba a la vista las extrañas marcas en forma de llamas que recubrían ambos brazos desde los hombros (un poco más allá realmente, pues se unían en el pecho) hasta las manos a excepción de las palmas de las mismas.

Saliendo de su alcoba, se dirigió a la sala de armas y tomó una de las muchas espadas que allí había, pues no iba a usar su acero personal para lo que tenía pensado hacer. Oh, su espada valía mucho más…y no por su valor monetario. La que él guardaba en su habitación era un arma que había pertenecido a su padre y que el rey le había regalado tres años atrás, cuando inició su entrenamiento. Con un águila en la empuñadura y unas letras árabes grabadas en el filo, era sin duda alguna una preciosidad.

Y solo la usaba en contadas ocasiones.

Colgándose el arma del cinturón, sus pasos se desviaron hacia el salón principal, viendo allí todavía a su padre junto a los recién llegados.

—Prima—llamó, acercándose a ella—. Si vas a formar parte de mi guardia personal, tendré que evaluar tus habilidades. Ven conmigo.

Sin darle tiempo a replicar, se dio la media vuelta y echó a andar hacia el patio trasero con una mano tranquilamente apoyada en la empuñadura de su espada, manteniéndose completamente en silencio hasta que llegaron al lugar.

Desenfundando el acero, le dio un par de vueltas hasta que tomó postura con la espalda un tanto encorvada.

—En serio, Tashigi—dijo, de pronto pareciendo más maduro de lo que se solía mostrar—. Tengo que saber qué tal se te da esto.

Le permitió a ella iniciar el ataque (ganándose algún comentario por eso), y desvió su primera estocada, haciendo que Tashigi anduviera un par de pasos de más hacia delante. Claro que como era un combate serio, Altaïr aprovechó para atacar él…encontrándose con una repuesta Koizumi que esquivó su golpe con facilidad gracias a su rapidez natural.

Bueno, un punto a favor. Era bastante rápida.

Siendo como era Ibn-La’Ahad, impulsivo y ofensivo en demasía, siguió imparable con sus ataques una y otra vez, rompiendo en algunas ocasiones la defensa de su prima y aprovechando sus reflejos y entrenamiento personal para evadir los ataques ajenos; pero, por supuesto, recibió varios cortes en distintas partes de su cuerpo. Era muy bueno, pero no invencible después de todo.

Aunque ya se veía el resultado de la lid.

Dándose cuenta de los fallos de Tashigi, los anotó mentalmente mientras seguía atacando con fuerza y rapidez, usando también su brazo libre y sus piernas para hacerla perder el equilibrio o, directamente, derribarla en algunas ocasiones.

Tal vez Koizumi fuera muy rápida, pero Altaïr no dejaba de ser más fuerte que la joven. Ambas partes tenían sus ventajas, pero, ¿cuál era la diferencia? Que Ibn-La’Ahad era igualmente ágil, gracias al entrenamiento que mantenía con su padre.

Así que poco faltó para que, finalmente, Ibn-La’Ahad acabará mandando a volar la katana de su prima, haciéndola caer al suelo y colocando la punta de su espada en la palpitante yugular de Tashigi.

—Aun no eres digna del título que ahora ostentas, prima—le dijo con aquella voz grave y seria.

—T-tú qué sabes… —susurró entre dientes, disgustada consigo misma al sentirse débil.

¿Para esto entrenó casi toda su vida con Smoker? ¿Para ser derrotada fácilmente por la persona a quien se suponía que tenía que defender con su existencia?

“Demonios…” pensó la muchacha mientras empuñaba ambas manos con fuerza.

Altaïr frunció el ceño, clavando ligeramente el acero en la piel descubierta de la muchacha aunque no lo suficiente como para provocarle un corte, al menos todavía.

—No puedo tolerar que mi guardia personal no sepa defenderse. Se supone que tienes que mantenerme con vida, así no lograrás jamás tu cometido. ¿Eso lo entiendes? Tienes un deber ahora y es protegerme, con todas sus consecuencias. Sé que no serás mejor que yo, pero al menos trata de alcanzarme.

Vio la reacción de la joven, cómo apretaba los puños con cierta rabia y le desviaba violentamente la mirada. Ante eso, Altaïr retiró la espada y la ayudó a levantarse pese a las protestas de Tashigi, ignorándola por completo.

—Cierra la boca y escúchame, enana. Tienes fallos en la defensa izquierda y eso es muy fácil de aprovechar, además de que siempre atacas al lado al que miras o sin hacer ningún tipo de juego. Eres fácil de predecir.

Calló unos instantes, cruzando los tatuados brazos sobre el pecho, y miró a su prima fijamente aun con ese gesto entre serio y ceñudo.

—Voy a entrenarte yo mismo a partir de ahora, dado que mi padre no puede hacerlo—no, no le dijo nada de su entrenamiento personal pues era un asunto privado, según le había dicho Umar—. Todas las tardes, todos los días, aunque que acabes vendada de la cabeza a los pies y con todos y cada uno de tus músculos gritando de dolor. ¿Quieres librarte de eso? Bien—se aflojó las correas de cuero que cruzaban la parte superior, sujetándolas con una mano tras quitárselas para abrir así su camisa, revelando su torso y el resto de las marcas negras que se juntaban a la altura de su corazón—. Tendrás que hacerme una herida aquí.

Se señaló entonces el pectoral derecho, en una zona muy concreta donde uno de los trazos de tinta se retorcía hasta formar sutilmente la silueta de una pequeña pluma.

—Hasta entonces, te entrenaré.

(Fin...por ahora)
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